30 de julio de 2010

Los derechos existen





Me gustaría comentar hoy acerca de una reciente entrevista al filósofo Jesús Mosterín en la que afirma que "los derechos no existen" y alaba las condiciones en que son esclavizados los animales nohumanos en países como Suecia

Respecto de la cuestión moral de los derechos, el señor Mosterín demuestra, a mi modo de ver, estar terriblemente confudido. Él afirma que el concepto de derecho sólo existe en su categoría legal. Pero lo que ocurre es que no sabe nada del concepto de derecho en el ámbito moral. Seguramente porque ni siquiera se haya molestado en informarse al respecto.

Al contrario de lo que él sostiene, los derechos sí existen en la naturaleza realidad. Igual que existe el sabor de una manzana, no en la manzana misma ni tampoco en el paladar de quien la come, sino en el resultado del cruce de ambos.

Un derecho, en sentido moral, es el resultado del cruce entre el deseo de un ser con capacidad de sentir de que un interés suyo (por ejemplo, el interés en continuar con vida) sea respetado por otros (sólo los seres con capacidad de sentir pueden tener intereses) y el reconocimiento que los agentes morales hacen de dicho interés legítimo.

Que los seres sintientes tienen intereses es un hecho, un hecho moral porque es relevante a la consideración moral,  y también es un hecho que nosotros, los agentes morales, podemos comprender que los tienen y respetarlos. Es un hecho que los sabores existen. Del mismo modo, los derechos, en sentido moral, son también un hecho, y su existencia queda demostrada.

Los derechos morales son nociones éticas y, por tanto, provienen de la lógica; no de la experiencia ni la costumbre ni la leyes. No son inventados, sino que son puramente una deducción racional a partir del principio ético de valor inherente. El cual a su vez es una deducción necesaria del principio lógico de identidad. 

Los derechos morales pertenecen al orden racional. No se crean sino que se deducen. Mientras que los derechos legales son creaciones nuestras derivadas del contrato social o del poder establecido. Es muy importante no confundirlos, como suele suceder a menudo.

Los derechos son normas morales de primer orden (es decir, no se pueden vulnerar por ninguna otra norma derivada) que protegen aquello es que intrínsecamente valioso por sí mismo: la persona. Por tanto, la ética de derechos está en el extremo opuesto al consecuencialismo. No hay ningún objetivo ni finalidad que pueda justificar moralmente una violación de derechos. Los derechos ganan siempre. Porque no hay nada más importante, éticamente hablando, que el respeto por el valor inherente de la persona. 

Los derechos son protecciones de la persona frente a cualquier injerencia o instrumentalización que se pretenda hacer de ella. Tal y como señalaba Arthur Schopenhauer
«El concepto de derecho es específicamente moral y consigna la condición de que una voluntad individual no llegue en la afirmación de su fenómeno (del cuerpo de un individuo) hasta la negación de la voluntad que se manifiesta en un cuerpo ajeno.»   
La única posibilidad que justificaría excepcionalmente una vulneración de derechos sería en el caso de que esos derechos se vieron amenazados por otra persona y no hubiera ninguna forma posible de protegerlos frente a una agresión deliberada y directa. 

Es decir, si la única forma posible de proteger la vida de un inocente fuera matar al agresor que pretende destruirlo entonces estaría justifica vulnerar el derecho a la vida del agresor. Pero sólo en ese caso excepcional. 

Esto no es justificación consecuencialista porque está basada en los propios derechos y no en ningún objetivo o finalidad. Ni tampoco justificaría una vulneración sistemática de derechos. Lo excepcional por definición no se puede convertir en lo normal.

El reconocimiento de los derechos es uno de los avances morales y políticos más importantes de la historia. Cualquier doctrina que los rechace es reaccionaria e irracional.

Por otra parte, tampoco puedo obviar una afirmación que hace Mosterín en esta entrevista:
«En 1988, a iniciativa de la escritora Astrid Lindgren, el parlamento sueco liberó a las vacas, cerdos y gallinas de Suecia de las lamentables condiciones de la ganadería intensiva abusiva que todavía se practica en otros países (incluida España).»
Respecto a la situación actual en Suecia de los animales esclavizados en granjas, creo que todos aquellos interesados en el tema, empezando por el propio Jesús Mosterín, deberían echar un vistazo a como viven realmente los animales la miseria de su esclavitud en este documental.

Aquí se puede ver cuál es la vida de los animales nohumanos esclavizados en Suecia, paradigma del "bienestar animal" y modelo a seguir según algunos defensores de la explotación de los animales nohumanos como Jesús Mosterín.




21 de julio de 2010

La cuestión del aborto desde una perspectiva de Derechos Animales





Algunas consideraciones acerca de la cuestión del aborto.

En primer lugar, entiendo que no tiene ningún sentido hablar sobre la cuestión del aborto sin dejar antes claro de qué (o de quién) se quiere abortar.

Biológicamente es muy diferente un embrión de seis semanas que un feto de seis meses. Este último tiene un sistema nervioso desarrollado, y por tanto es un ser consciente que puede sentir.

El hecho de el feto sea dependiente de la mujer que lo gesta no parece una situación moralmente distinta del niño extra-uterino que es completamente dependiente de su madre o de otros para sobrevivir.

Que alguien considere legítimo matar, por ejemplo, a un feto de seis meses - quien es un individuo que tiene la capacidad de sentir - simplemente porque ella lo desee (sin que haya ningún riesgo serio para su vida) no me parece una situación moralmente diferente a la de matar a ese mismo individuo de seis meses que ya estuviera fuera del cuerpo materno simplemente por decisión caprichosa de la madre, o de cualquier otro.

Algunas personas objetan que no permitir el aborto libre es obligar a la madre contra su voluntad. Pero la situación no es diferente de la obligación que tiene una madre de cuidar, mantener y alimentar a su hijo extrauterino.

Es cierto que muchas familias tienen problemas serios para mantener a sus hijos. Pero eso no justifica que los maten. Se pueden encontrar muchas soluciones reales a ese problema (por ejemplo, la adopción). Esta situación no justifica matar a un feto de seis meses - alguien que puede sentir como nosotros, y tiene interés en vivir y que no dañen su vida - solamente porque depende completamente de otros para su supervivencia y no se pueda defender.

Así que, en tanto que ese feto fuera un invididuo que puede sentir, no veo absolutamente ninguna diferencia de la responsabilidad moral que una madre (o cualquiera de nosotros) debiera tener hacia su hijo.

También es cierto que nos encontramos con la dificultad de no poder demostrar fehacientemente en qué momento concreto el feto se convierte en un ser sintiente. De hecho, ni siquiera la propia definición de sintiencia está todavía totalmente consensuada.

Es a partir ya de las primeras semanas cuando el sistema nervioso se comienza a desarrollar en estado embrionario. Después, no estará operativo salvo a un nivel reflectual (reflejos mecánicos, similar a la sensibilidad de los vegetales). Parece ser que es a partir de la semana 24 cuando se encuentran alguna evidencias de que el feto podría propiamente sentir.

Actualmente no existe ninguna duda científica de tras las 24 semanas de gestación (unos seis meses) el feto ya es sintiente; aunque hay que tener en cuenta que los científicos se han centrado solamente en la cuestión del dolor en lugar de la sintiencia en su totalidad.

Antes de tener la capacidad de sentir, algunos consideran que "durante este periodo los fetos se encuentran sumidos en una especie de letargo e inconsciencia, como si se encontraran sedados." Pero aunque nosotros estuviéramos sedados eso no legitimaría moralmente que nos mataran, ¿cierto? Ocurre lo mismo en el caso de fetos sintientes.

Por tanto, debo decir que, en base a los argumentos expuestos, estoy a favor del aborto libre durante los primeros meses de embarazo, pero a partir del momento en que exista la evidencia de que el feto pueda ser sintiente considero que solamente en situaciones de conflicto vital (un severo riesgo comprobado para la vida de la madre o una malformación muy grave del feto) se debería permitir el aborto.


Y también debo añadir que no apruebo el supuesto de la violación. Del mismo modo, el que alguien haya nacido a partir de una violación de su madre no justifica que lo asesinemos. Por muy horrible y desgraciado que sea ese crimen, el feto sintiente no es el culpable de ello y por tanto no debe pagar las culpas de otros.


Artículos relacionados:

- La eutanasia y el aborto: mi visión

El aborto desde el punto de vista científico


- La auténtica tragedia del aborto


9 de julio de 2010

La terrible fuerza de la inercia





Considero que al menos habría tres motivos principales por las que la gente sigue comiendo animales —y explotándolos en general— a pesar de que se trata de una práctica al mismo tiempo dañina, innecesaria e injustificada.

La primera causa está en el hecho de que comer animales no es una conducta que haya sido elegida racional y libremente. Se trata más bien de un condicionamiento cultural que se nos inculca desde la infancia. Se enseña a los más jóvenes que deben comer animales, que esto está bien, y que necesitan hacerlo para poder vivir y estar sanos. Así lo incorporamos a nuestra mentalidad y nuestros hábitos sin darnos cuenta, y lo seguimos inculcando a las siguientes generaciones.

La segunda causa es debida a la presión social. La naturaleza humana parece tener cierta tendencia al gregarismo. Necesitamos sentirnos parte de un grupo, y sólo formamos parte de él cuando asumimos determinadas ideas y costumbres. Esa tendencia impide que nos cuestionemos seriamente nuestra mentalidad y nuestra conducta— a pesar de que tomemos conciencia de que es dañina para los animales— porque no queremos desentonar de la corriente predominante en la que estamos inmersos y de la que depende nuestra vida social.

El tercer motivo lo encontramos en el hecho que la gente encuentra placer en el consumo de los productos animales. Ese placer refuerza todavía más el hábito inculcado. Con el transcurrir de los años cuesta más cambiar los hábitos que adquirimos. Por eso, los más jóvenes son los más proclives a dar el paso al veganismo, porque su naturaleza todavía tiene bastante capacidad de cambio y adaptación que se suele ir perdiendo al entrar en la madurez.

Por tanto, si nuestra sociedad explota a los animales no se debe a que sus miembros hayan tomado esa decisión de forma voluntaria y reflexiva sino a que están motivados por la mentalidad especista que recibieron y por la inercia de una tradición basada en la dominación sobre los demás animales.

Sin embargo, ninguno de aquellos motivos es moralmente válido. Ni la tradición, ni la conveniencia, ni el placer, pueden justificar moralmente que hagamos daño a los animales.

Tampoco esos motivos tienen fundamento empírico. No necesitamos consumir animales para poder vivir y estar sanos.

Si estamos de acuerdo en que no debemos causar daño y sufrimiento a los animales sin una necesidad o razón que lo justifique, entonces podemos estar de acuerdo en que no debemos explotarlos. No necesitamos utilizar a los animales no humanos para poder vivir y tener una buena calidad de vida, y hacerlo supone causarles daño y sufrimiento. Participar en la explotación animal es una contradicción con nuestra preocupación moral sobre los animales.

Ahora bien, incluso habiendo comprendido que algo está mal; la fuerza que la inercia de los hábitos y las creencias inculcadas tiene sobre nosotros puede conducirnos a seguir cometiendo el mismo mal del que hemos tomado conciencia. Pero no debemos dejarnos vencer por el pesimismo. Las ideas pueden ser modificadas y los hábitos creados pueden ser cambiados por otros.

Los estudios realizados sobre el cambio de conducta señalan dos puntos: 
[1] Que a la hora de eliminar un hábito resulta más efectivo erradicarlo de raíz que reducirlo.
[2] Que para evitar que el mal hábito pueda retornar, debe ser sustituido por otro que no sea nocivo y que proporcione un beneficio similar.
La transición al veganismo puede funcionar bajo esta misma pauta. Por ejemplo, no se trata sólo de eliminar carne, lácteos, huevos y miel; sino que debemos sustituirlos por productos y recetas veganas en su lugar. Aunque lo más fundamental para lograr el cambio es que de verdad nos importe ser respetuosos con los demás animales y queramos evitar hacerles daño.

No hay ningún argumento racional ni tampoco ninguna realidad empírica que se oponga a la defensa del veganismo como nuevo paradigma moral y cultural. No se trata en realidad de si podemos ser veganos sino que se trata de si queremos serlo.

Entiendo que, si nos importa la ética, sólo debería ser cuestión de tiempo y esfuerzo el que consigamos reformar nuestra cultura para reconocer a los demás animales como sujetos de consideración moral.

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