4 de septiembre de 2017

Michael Shermer y la cuestión del especismo




Siguiendo la línea de otros intelectuales dentro del ámbito de la ciencia, como el famoso y añorado Carl Sagan, nos encontramos también ahora con un testimonio del escritor y divulgador de la ciencia Michael Shermer, bien conocido dentro del ámbito escéptico, quien reflexiona en este ensayo acerca del problema moral en nuestra relación con los demás animales. Se trata de un escrito muy breve y conciso, pero tiene su valor sobre todo como incitador a la reflexión y fue publicado en la centenaria y prestigiosa revista Scientific American, leída por millones de profesionales y aficionados a la ciencia en todo el mundo. Su autor tuvo la cortesía de permitirme traducirlo para el público hispanohablante.

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Confesiones de un especista

¿Dónde encajan los mamíferos no humanos en nuestra jerarquía moral?

Michael Shermer

Enero 2014


El argumento esgrimido para defender la explotación de animales para comida, vestimenta y entretenimiento se fundamenta a menudo en nuestra superior inteligencia, lenguaje y autocociencia: los derechos de los seres superiores prevalecen sobre aquellos que son inferiores. Un contrargumento se encuenta en el documental "Speciesism: The Movie" ["Especismo: El Filme"], de Mark Devries, el cual pude ver en su estreno en septiembre de 2013. Los animalistas que llenaban la sala en Los Ángeles vitorearon al eticista Peter Singer de la universidad de Princenton. En el documental, Singer y Devries argumentan que algunos animales tienen una capacidad mental mayor que la de ciertos humanos, tales como los niños, la gente en coma y aquellos que padecen una grave discapacidad mental. Así, el argumento sobre nuestra superioridad se quiebra, según me explicaba Devries: "La presunción de que los intereses de los animales no humanos son menos importantes que los intereses de los humanos podría ser meramente un prejuicio —similar al prejuicio contra grupos de humanos como el racismo— al que denominamos especismo."

Supongo que soy especista. Pocas comidas me resultan más placenteras que un filete magro de carne. Me gusta el tacto del cuero. Y me río cuando escucho el chiste sobre el granjero que castraba a sus caballos con dos ladrillos: "¿Pero eso no duele? No si mantienes tus pulgares fuera de la trayectoria." También me molesta la analogía esgrimida por los activistas acerca de que los animales están padeciendo un "holocausto". El historiador Charles Patterson establece esta analogía en su libro «Eterna Treblinka», y Devries crea una referencia visual comparando la disposición de las granjas industriales con los barracones de prisioneros en Auschwitz. El punto flaco de la analogía está en la motivación de los perpetradores. Como autor de un libro sobre el Holocausto Denying History»] considero que hay un abismo moral entre los granjeros y los nazis. Incluso las granjas industriales, sostenidas por empresas que sólo buscan el beneficio, se encuentran lejos de Adolf Eichmann y Heinrich Himmler en la escala del mal. No hay letreros en las granjas industriales anunciando "Arbeit Macht Frei".

Sin embargo, no puedo reprender a quienes equiparan las granjas industriales con los campos de concentración. En el año 1978 mientras trabaja como estudiante de graduado en un laboratorio experimental sobre psicología animal en la universidad estatal de California, mi labor consistía en ocuparme de las ratas que habían sobrevivido a los experimentos. Se me instruyó para eutanasiarlas con cloroformo, pero no tuve fuerzas para hacerlo. Yo quería llevarlas a los montes conlindantes y permitir que se fueran, pensando que morir de hambre o por depredación sería mejor que gasearlas. Pero liberar animales de laboratorio era ilegal. Así que las maté... con gas. Fue una de las cosas más espantosas que he hecho nunca.

El solor hecho de escribir estas palabras me entristece, pero no tanto como un vídeo publicado por Free From Harm. Descrito apropiadamente como "la más triste filmación de un matadero", el vídeo muestra a un toro esperando la muerte. Él escucha cómo sus compañeros delante de él están siendo matados, trata de retroceder, y mira alrededor buscando una salida. Se muestra atemorizado. Entonces un trabajador le descarga electricidad con una pica. El toro avanza lo suficiente para que el último panel que lo separa de la muerte caiga tras él. Intenta retroceder de nuevo para escapar de la trampa y entonces... !Crac!... es abatido al instante. Muerto. ¿Estoy proyectando mis emociones humanas sobre la mente de un toro? Quizás, pero cuando un inspector que investigaba de forma encubierta le preguntó a un trabajador del matadero sobre el hedor de los desechos, él le respondió: "Los animales tienen miedo. No quieren morir."

Los mamíferos son seres sintientes que desean vivir y tienen miedo de morir. La evolución nos capacitó con un instinto de sobrevivir, reproducirnos y desarrollarnos. Nuestra conexión genealógica, demostrada por la biología evolutiva, proporciona un fundamento científico a partir del cual expandir la esfera moral para incluir no sólo a los humanos —tal y como consiguieron las revoluciones de derechos en los últimos siglos— sino también a todos los seres sintientes no humanos.

Artículo original en inglés en la revista Scientific American: 
y también en el blog personal de Michael Shermer: 

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¿Mis observaciones al respecto? Bueno, por si a alguien le interesa, comentaré que los puntos positivos de la declaración de Shermer me parece que son obviamente el reconocimiento del especismo, así como el hecho de establecer de forma explícita que el requisito para ser incluido en la comunidad moral es la capacidad de sentir

Ahora bien, no sólo los mamíferos son seres sintientes, según se sugiere en el texto, sino que también lo serían, como así lo confirma la Declaración de Cambridge, las aves y otros animales como los pulpos, pero también contamos con fuertes evidencias que indican sintiencia en peces, reptiles, crustáceos e insectos.

En la parte negativa, debo aclararar que, como seguramente muchos se habrán preguntado, Shermer nunca se hizo vegano, hasta el momento. En lugar, decidió apoyar el reducetarianismo. "Algo es algo" dirán algunos —como si de un mantra se tratara— pero ese "algo" no sirve de nada para los animales que siguen siendo las víctimas de una explotación injusta e innecesaria. 

Aunque el reducetarianismo nunca hubiera existido, es probable que Shermer —al igual que muchas otras personas que tienen reticencia a hacerse veganas— ya hubiera reducido o limitado su consumo de animales por iniciativa propia. Por esto muchas personas eligen el vegetarianismo, porque el vegetarianismo resulta más cómodo que eliminar el consumo de animales. El movimiento reducetariano, como bien explica el profesor Gary Francione, sirve para acomodar y perpetuar el consumo de explotación animal con la excusa de que este consumo supuestamente se ha "reducido" o limitado. Lo mismo que el vegetarianismo.

Pienso que si todos los animalistas tomaran la decisión de hacerse veganos, y asumir el veganismo como la base moral de su vida y su activismo, entonces muchas otras personas que comienzan a tomar conciencia sobre el especismo y la explotación animal se verían motivadas con más fuerza a decantarse hacia el veganismo, porque no recibirían mensajes contradictorios por parte de los propios grupos animalistas ni indulgencias que les motivan por el contrario a continuar con la misma mentalidad y hábitos.

Pero si  de momento ni siquiera aquellos que tanto proclaman "amar a los animales" y "defender a los animales" toman la decisión de hacer algo tan sencillo como dejar de explotar a los animales —dejar de usarlos de comida, de vestimenta y entretenimiento— entonces quizás no debería sorprendernos la decisión de Shermer a pesar de todo.

21 de agosto de 2017

Acerca del uso de medicamentos




En ocasiones me preguntan acerca de si ser éticamente coherente con el veganismo significa no poder usar medicamentos porque estos medicamentos fueron experimentados en animales durante su obtención. ¿Es acertada esta suposición? Pienso que no lo sería, por varias razones que expondré a continuación.

Sin embargo, antes de nada, debo aclarar que en este texto no argumentaré sobre la moralidad del uso de animales porque esto ya fue discutido en un ensayo anterior. Aquí parto de la conclusión de que utilizar animales para propósitos científicos es inmoral —así como para cualquier otra finalidad. De igual modo, tampoco discutiré acerca de si este uso es "necesario", útil o beneficioso. Este último punto no es relevante siquiera para la cuestión que aquí planteo. Parto de la base de que este uso puede ser necesario, útil o beneficioso; de acuerdo a la opinión actualmente predominante en la comunidad científica. Si bien, esto no significa que dicho uso sea imprescindible o irremplazable para el progreso científico.

Mi tesis consiste en defender la idea de que el hecho de que los animales hayan sido explotados para investigación médica no significa que no sea moralmente correcto consumir medicamentos que tuvieron alguna relación con dicha investigación. Defender lo contrario sería análogo a, por ejemplo, proclamar que no debemos beneficiarnos de los avances culturales de la Antigüedad porque en esos avances estuvo directamente involucrada la esclavitud humana. Creo que esta objeción no tiene sentido. Aprovecharnos de ese beneficio en el contexto actual no significa apoyar la explotación de seres humanos que estuvo implicada en su obtención o promover de algún modo la explotación de seres humanos.

Asimismo, el consumo de medicamentos no demanda la explotación de los animales. El uso de animales en la ciencia es una decisión de los científicos; no de los consumidores. Se trata de un contexto diferente al consumo de productos de origen animal como carne, lácteos, huevos, miel, lana,..., que son productos comercializados debido a su demanda por parte de los consumidores. Si consumimos estos productos sí que estaríamos apoyando, financiando y promoviendo la explotación de los animales.

Para analizar este asunto con más claridad podemos llevarlo al contexto humano.

Antes de que prevaleciera la doctrina de los Derechos Humanos, se utilizaban de forma rutinaria a seres humanos en investigaciones médicas sin su consentimiento. Uno de los motivos por los que el uso de animales no humanos en investigación comenzó a crecer tanto a partir del siglo XIX fue debido en parte a que se abolió la esclavitud humana y se prohibió legalmente utilizar a seres humanos como sujetos forzados en experimentos. No obstante, empresas y gobiernos siguieron efectuando veladamente experimentos en humanos sin su consentimiento hasta épocas muy recientes, tal y como atestigua el caso Tuskegee, entre otros.



Desde el punto de vista estrictamente científico no habría nada incorrecto en aquella práctica. Era una actividad que beneficiaba el progreso del conocimiento médico sobre la fisiología humana; lo cual beneficiaría a muchos humanos. Esas prácticas sólo serían condenables desde el punto de vista moral. No hay diferencia esencial con lo que sigue sucediendo actualmente respecto de los animales no humanos utilizados en el ámbito de la ciencia. La única diferencia sería la especie. Pero la especie no es más relevante que la raza o el sexo como criterio de discriminación moral.

Considero que si alguien defiende seriamente que no debemos beneficiarnos del resultado de la investigación médica por haber estado involucrado en ella el uso de animales, entonces, por coherencia, debería rechazar cualquier beneficio obtenido por la investigación médica dado que la medicina que tenemos en la actualidad sería parcialmente el resultado del uso de seres humanos como sujetos forzados en experimentación. Por no hablar de otras prácticas abusivas en las que los investigadores han estado implicados.

Curiosamente parece que no ha habido ninguna controversia moral acerca del uso de resultados de los muchos experimentos médicos en los que estuvo implicado el uso forzado de seres humanos. Sólo en el caso de experimentos realizados por los nazis a mediados del siglo XX se forjó una polémica acerca de si sería ético usar los datos obtenidos por los investigadores que habían utilizado a seres humanos sin su consentimiento y para experimentos nocivos. La polémica ha continuado hasta la actualidad y, aunque algunos defendieron que no era ético usar dichos datos, la mayoría de autores argumentan a favor de permitir el uso de esos resultados dentro de ciertos límites [1 , 2], que es coincidente con la tesis que yo defiendo aquí respecto del uso de los resultados en investigación científica que hubiera utilizado animales.

¿Si se hubiera encontrado la cura del cáncer utilizando a seres humanos de manera forzada esto significaría que estamos moralmente obligados a rechazar el beneficiarnos de dicha cura? No. El hecho de negarnos a recibir esa cura no repara el daño ni previene que se cometa el mismo crimen. Beneficiarnos de esa cura no apoya la explotación de seres humanos. Lo mismo se aplica cuando se trata de medicamentos que fueron experimentados en animales no humanos.

Cuestionar que un vegano consuma medicamentos sólo por el hecho de que los científicos utilizaran animales durante su investigación es equivalente a cuestionar que un comunista compre automóviles en un sistema capitalista o a que un liberal acuda a la seguridad social. Un comunista no se opone al consumo ni a la propiedad privada de bienes de consumo sino que se sólo opone a que los medios de producción de estos bienes estén en manos de propietarios privados. Un liberal no se opone a la existencia de servicios públicos sino que sólo se opone que estos servicios sean obligatoriamente estatalizados de forma exclusiva. De igual modo, un vegano no se opone a la ciencia ni a la investigación médica ni  a los medicamentos; sólo se opone a que los animales sean utilizados para fines humanos —según la definición original de veganismo.

Al consumir un medicamento no estamos demandando explotación animal por el solo hecho de que ese medicamento hubiera sido experimentado en animales. Si entendemos que consumir agua no demanda explotación animal —aunque el agua fue testada en animales al igual que todas las sustancias comercializadas para consumo humano lo han sido— entonces consumir medicamentos tampoco la demanda. Hay aspectos de la explotación animal que son estructurales y que dependen de la decisión de los políticos y de los expertos; y no de los consumidores.

En el contexto actual, pienso que lo que deberíamos hacer para oponernos a la experimentación con animales y conseguir terminar con ella es:
  • Explicar y difundir por qué el uso de animales es moralmente condenable: [1] , [2] , [3]
  • Promover técnicas de investigación que no impliquen utilizar animales: [1] , [2]
  • No consumir en lo posible productos de empresas que financien la experimentación en animales y que utilicen sustancias de origen animal en dichos productos. Me refiero también a productos de limpieza y aseo: [1] , [2]
La gran mayoría de medicamentos no proviene de animales ni contiene sustancias de origen animal, salvo algunas excepciones. En el caso de que fuera así, deberíamos tratar de evitarlos en lo posible porquen este caso  estaría habiendo una demanda de explotación animal. Si un producto no contiene sustancias de origen animal entonces es apto para veganos y no demanda en el uso de animales.

En última instancia, los abolicionistas queremos eliminar el uso de animales en la ciencia, y cualquier otro ámbito, pero conseguir este objetivo a nivel social y legal es inviable si antes no logramos que la mayoría de la población comprenda y apoye dicho objetivo y se comprometa con él. Y esto sólo se consigue de manera ética y efectiva mediante la educación vegana.

De todos modos, incluso si beneficiarnos del resultado científico de la experimentación animal fuera moralmente objetable, el argumento de la necesidad que podría excusar el consumo de medicamentos —en tanto que fuera necesario para mantener la salud— no se puede aplicar al hecho de consumir productos de origen animal otros ámbitos como la alimentación y la vestimenta. No tenemos necesidad de comer animales o de vestirnos con trozos de sus cuerpos.

Alguien puede excusar el consumo de medicamentos alegando que es necesario para curar un trastorno o enfermedad y tener buena salud; pero el consumo de productos de origen animal como carne, lácteos, huevos, miel, lana, cuero, piel —y todo aquello que proviene de animales— no se puede excusar apelando a la necesidad en ningún sentido razonable. No necesitamos utilizar a los animales para alimentarnos ni para vestirnos. El uso de animales para alimento, vestimenta y entretenimiento sólo se explica apelando a la costumbre y el placer; no a la necesidad. El uso de animales en la ciencia es el único uso que se podría defender de alguna forma razonable desde una perspectiva de la necesidad —aunque esto no lo justifique moralmente.

Por último, entiendo que quien pretenda cuestionar la coherencia de los veganos respecto del uso de medicamentos debería antes de nada dejar de hacer daño a los animales por placer y por costumbre. Si los animales poseen un valor moral entonces no debemos vulnerar sus intereses por motivo de placer o tradición o comodidad. Si alguien no reconociera este valor moral entonces deberíamos discutir primero este punto antes de entrar a discutir la ética del consumo de medicamentos. Y quien tenga alguna preocupación moral por los animales debería comenzar por dejar de utilizarlos para comida, vestimenta y entretenimiento, para ser coherente con esa preocupación moral. De lo contrario, las objeciones al respecto resultarían meramente en un simple ejercicio formal que carece de interés para quienes deseamos detener la injusticia contra los animales.

En cualquier caso, si alguien piensa que hubiera algún error en esta argumentación, puede exponer sus observaciones en la sección de comentarios; siempre de forma razonada, está de más decirlo.

31 de julio de 2017

Leonard Nelson y la filosofía de los Derechos Animales



Contamos con numerosos autores que escribieron en favor de la consideración moral de los animales no humanos, pero el primero postular la idea de que los otros animales, y no sólo los humanos, poseen moralmente derechos fue Henry Salt. Si bien, Salt no establece un sistema moral ni un entramado de argumentación para razonar su posición, más allá de señalar ciertas nociones básicas y mostrar determinadas contradicciones respecto de las objeciones sobre extender a los demás animales el reconocimiento de derechos.

El primer autor que suele casi siempre ser mencionado como el primero que argumentó filosóficamente acerca de reconocer que los animales tienen derechos morales es Tom Regan. Su obra es un referente ineludible a la hora de comprender y estudiar esta cuestión. Recientemente se ha publicado la traducción al español de su libro canónico «The Case for Animal Rights». Sin duda fue el primero en tener notoriedad pública. Pero no ha sido el único, puesto que, después de él, otros autores desarrollaron su teoría moral en la ética de derechos. Por mencionar algunos: Evelyn Pluhar, Gary Francione, Joan Dunayer y Lee Hall.

Ahora bien, resulta que históricamente Regan no fue el primer autor en exponer un sistema filosófico que incluyera a los animales como sujetos de derechos morales. El primer autor en fundamentar esta idea filosóficamente fue el alemán Leonard Nelson, en las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, su obra pasó ignorada. Al igual que sucedió con muchos otros intelectuales, parece que su trabajo nunca tuvo repercusión fuera de un limitado ámbito académico. Su obra «System of Ethics», en la que argumenta a favor de que los demás animales también poseen derechos morales, entre otros asuntos éticos, fue publicada póstumamente en el año 1932 y traducida al inglés en 1956. La edición que yo he consultado es la edición inglesa.

El único libro publicado en español, que yo conozca, que comente la obra de Leonard Nelson es «Ética y bienestar animal» escrito por Agustín Blanco. Irónicamente se trata de un texto bienestarista que se opone a la idea de reconocer que los animales puedan tener derechos.

En general, parece que no abunde la bibliografía que hable de Leonard Nelson. Excepcionalmente podemos encontrar a Paolo Dordoni, que en su tesis doctoral sobre bioética menciona la filosofía moral de Nelson por lo que respecta a la consideración de los animales:
«Es este un aspecto de extrema actualidad de la filosofía de Nelson, que en este sentido se puede considerar un precursor de la ética de los animales. Aquí no hemos desarrolado la ética de los animales de Nelson que él elaboró cuidadosamente en otros escritos, [...] y que él defendió con su misma práctica de vida siendo vegetariano. [..] De particular relevancia es, junto con la distinción entre “sujetos de derechos” y “sujetos de deberes”, —distinción que abre la puerta a la consideración de los animales como sujetos de derechos y no de deberes— el examen del concepto de interés. Nelson distingue entre el “tener un interés en “x”” que supondría también el ejercicio de la conciencia y “el estar en el interés de alguién tener “x”” que no requeriría el darse de la conciencia y que por eso podría atribuirse también a seres no racionales, como los animales. Para Nelson sólo los animales, porque sólo ellos podrían querer y desear algo, sin que tener con eso que juzgarlo de manera proposicional.»
Este breve párrafo señala el punto central de la teoría de Nelson en su argumentación para defender que los animales sean incluidos en la comunidad moral: los animales son sujetos de consideración moral porque poseen intereses y esos intereses merecen ser considerados a igual nivel que los intereses humanos y deben ser protegidos por derechos.

Señala Nelson que los otros animales experimentan deseos, intenciones y pensamientos y que no es necesario poseer alguna clase de capacidad cognitiva abstracta para poder experimentar dichos fenómenos mentales. Por ejemplo, no es necesario poseer la capacidad intelectiva de pensar conceptualmente sobre el dolor para poder sentir el dolor y el deseo de evitar lo que provoca dicho dolor. El solo hecho de que los animales sean seres conscientes —en tanto que poseen, al menos, consciencia sensitiva— es requisito material suficiente para poseer intereses.

Lo que propone Nelson es que sólo los seres que poseen intereses pueden tener derechos. Tener intereses significa que un individuo —un ser que tiene un mente consciente— experimenta un fenómeno intencional. Esto es, nosotros tenemos un interés en vivir porque deseamos continuar existiendo y evitamos ser destruidos. Ahora bien, si los animales tienen intereses análogos a los nuestros, ¿por qué no debemos considerarlos en igualdad moral a los nuestros? Así lo argumenta el propio Nelson:
«Si aplicamos el criterio del deber, la cuestión de si los animales tienen derechos puede ser fácilmente respondida: sólo tenemos que preguntarnos si, al considerar una acción que afecta a un animal, nosotros consentiríamos semejante acción tras haber contemplado una panorámica cuantitativa de la situación. En otras palabras, debemos preguntarnos si aceptaríamos ser usados como simples medios por otro ser superior a nosotros en fuerza e inteligencia. El hecho de que el hombre someta a otros seres bajo su poder, y que esté en posición de usarlos como medios para sus propios fines, es meramente fortuito.»
Nuestro análisis no debe ser malinterpretado  como un intento de defender el altruismo en relación con los animales. Sólo pretendemos reafirmar un principio de justicia. Esto es por lo que no puede haber un mandato filosófico de subordinar nuestros intereses a los de los animales en cualquier circunstancia. En cada caso que nos veamos confrontados en un conflicto entre nuestros intereses y los de los animales, debemos decidir, después de haber realizado una valoración justa, cuál de los dos intereses merece preferencia. Esto significa que se puede permitir dañar el interés de un animal para evitar un daño sobre un interés preponderante nuestro; pero al mismo tiempo debe haber un límite a la extensión del daño, el cual es permitido sólo bajo la condición de que existe un conflicto real —y esto debe ser demostrado por separado en cada caso. Después de que esta prueba haya sido aportada, debemos cuestionar en qué lado se encuentra el interés preponderante. En ningún caso es permisible considerar que el interés del animal es inferior sin una buena razón y proceder a dañarlo. [System of Ethics; páginas 141 y 142]
El argumento que expone Nelson no tiene nada de peculiar ni misterioso. Es nada más que una aplicación del principio de igualdad. Esto significa que si tanto los humanos como los otros animales tienen intereses similares —referidos a su propia supervivencia, libertad y bienestar— entonces los intereses de unos individuos no deben prevalecer sobre los mismos intereses de los otros individuos. Esto es, nuestro interés en vivir no puede justificar que vulneremos el interés en vivir de otros animales sólo porque sea nuestro interés o porque nosotros seamos humanos. Se trata de los mismos intereses aunque se den en individuos diferentes. Sólo en caso de que se produjera un conflicto real entre individuos se podría justificar que un interés prevaleciera sobre otro. Así sucede, por ejemplo, cuando en un caso de autodefensa justificamos que el agredido tiene legitimidad en dañar su agresor para evitar un ataque, incluso aunque hacerlo conllevara causarle la muerte.

Es muy habitual que se alegue la objeción de que los animales no pueden tener derechos porque no pueden tener obligaciones ni deberes. Es curioso que alguien pueda sostener o creer semejante argumento porque si este argumento fuera correcto entonces muchos humanos no podrían disponer de derechos: niños pequeños, discapacitados mentales, ancianos seniles. Cuando se trata de humanos comprendemos enseguida que la protección de sus intereses no depende de su capacidad para asumir obligaciones o deberes. En este contexto, cuando hablamos de derechos nos referimos primeramente a derechos morales; no a derechos legales.

Es cierto que el concepto de derecho implica el concepto de obligación, pero no es cierto que poseer un derecho conlleve necesariamente adquirir una obligación por parte de quien detenta ese derecho. Poseer un derecho implica que existe la obligación de que ese derecho sea respetado por parte de quienes tienen la obligación de respetar los derechos —los agentes morales, o sujetos de deberes en la terminología de Nelson. Así aclara el propio Nelson que:
[...] debemos distinguir entre los conceptos de "sujetos de deberes" y "sujetos de derechos": en tanto que no podemos descartar a priori la posibilidad de que algunos sujetos de derechos no son sujetos de deberes. Bajo la ley moral, todos los seres que tienen intereses son sujetos de derechos, mientra que aquellos que, además de tener intereses, son capaces de comprender las demandas del deber son sujetos de deberes. Sólo los seres racionales son capaces de semejante comprensión. Por consiguiente, podríamos clasificar todos los deberes restantes, tras excluir los deberes hacia uno mismo, en deberes relativos a los seres racionales y no racionales. Si determinamos a un animal como un ser que es sujeto de derechos, pero que por su naturaleza es incapaz de alcanzar una autodeterminación racional, y un humano como un ser que sujeto de derechos pero que a la vez está potencialmente dotado con la razón, podemos declarar que un deber se refiere siempre hacia un animal o hacia un humano. Es mi posición que tenemos deberes hacia los animales, y que estos deberes son directos, es decir, que no están derivados de deberes hacia los humanos o los seres racionales.» [System of Ethics; página 136]
Leonard Nelson corrige una grave confusión categorial que se remontaba por lo menos a Immanuel Kant, y que todavía seguimos arrastrando por falta de claridad lógica. Lo que Nelson llama "sujetos de deberes" es lo que en la filosofía moral básica denominaríamos hoy en día como agentes morales y "sujetos de derechos" es equivalente a pacientes morales. No es estrictamente necesario asumir una teoría ética de derechos para comprender y reconocer esa distinción.

De este modo habría cuatro categorías morales: [1] seres que son pacientes morales pero no agentes morales: los animales y los humanos incapaces de razonar a cierto nivel. [2] Seres que son pacientes morales y agentes morales: humanos con el suficiente desarrollo intelectivo para comprender las obligaciones morales y, quizás, otros seres no humanos desconocidos con el mismo o superior nivel intelectual, en el caso de que existieran. [3] Seres que no son ni pacientes morales ni agentes morales: los minerales y los vegetales; puesto que los vegetales carecen de la capacidad de sentir y de razonar. [4] Seres que son agentes morales pero que no son pacientes morales: esta categoría estaría vacía, en tanto que no puede existir un ser que carezca de conciencia sensitiva pero que posea conciencia intelectiva.

Es notorio señalar que Nelson distingue obviamente entre humanos y animales —reconociendo al mismo tiempo que ambos serían igualmente sujetos de derechos— pero no distingue entre "personas y animales" sino que de forma tácita estaría reconociendo que la condición de persona no se limita sólo a individuos que formen parte de la especie humana. La noción de persona es una categoría mediante la cual reconocemos que un ser tiene valor moral inherente y, por tanto, merece una especial protección moral que lo proteja frente a injerencias injustificadas. De este modo podemos afirmar razonablemente que los otros animales son personas —personas no humanas.

28 de junio de 2017

Sobre el festival de Yulin




Por si alguien no lo conoce todavía, debo señalar que el festival de Yulin es una celebración que se realiza anualmente en la ciudad china de Yulin, en el que matan a miles de perros para ser consumidos como carne. Por si alguien no se lo sospechaba, aclaro que se trata de una celebración que ha provocado numerosas reacciones de rechazo; especialmente en el mundo occidental, en el que comer perros se considera un tabú social. Pese a la masiva oposición social que ha provocado, el festival se ha vuelto a realizar este año.

Esta situación me provoca al menos dos cuestiones: [1] ¿Por qué se considera que está mal utilizar a perros de comida? y [2] ¿Lo que hacen en Yulin es diferente de lo que hace el resto del mundo cada día?

Los defensores del festival de Yulin defienden la práctica como una expresión cultural y argumentan que el consumo de perros no es diferente de comer cerdos, vacas o pollos. Debo reconocer que ambos puntos son empíricamente correctos. Comer animales en general, y comer perros en particular, es una costumbre cultural. Así como también comer perros no se diferencia en ningún aspecto significativo de usar a cualquier otro animal de comida; al igual que no hay una diferencia significativa entre comer vacas marrones y comer vacas negras. Otra cosa distinta es que ninguno de estos dos hechos justifique moralmente utilizar a los perros de comida en particular, o a los animales de comida en general.

Cultura es toda la información transmitida por aprendizaje social, lo cual incluye ideas y costumbres de todo tipo. Ahora bien, que algo forme parte del acervo cultural de una comunidad no significa que sea moralmente aceptable. Sabemos de diversas prácticas culturales, cuyas víctimas son humanas, pero que son ampliamente rechazadas en nuestra sociedad, como, por ejemplo, la ablación de las mujeres. El solo hecho de que una actividad forme parte de una cultura, o se trate de una práctica tradicional, no puede servir como justificación moral. Señalar que algo es cultura, o es tradición, es un enunciado meramente descriptivo. Sería como decir que tal cosa es redonda o que es roja. No es ni siquiera un argumento razonado. ¿Si entendemos que ese tipo de apelación no sirve para justificar abusos contra seres humanos por qué pensamos que puede valer para justificar abusos contra los otros animales?

A menudo se dice que "no podemos comparar a un animal con un ser humano". Lo cual ya de por sí no es un argumento sino una petición de principio que debe ser justificada. ¿Por qué se supone que no podemos compararlos? Entre humanos y otros animales existen evidentes diferencias, claro, ¿pero esas diferencias justifican una diferencia de trato moral? Entre seres humanos también encontramos notables diferencias. Pueden ser diferencias físicas como el aspecto, la forma o el tamaño; o diferencias mentales como la inteligencia o la capacidad de comunicación. Pero, ¿alguna de estas diferencias justifica una diferente consideración moral? ¿Hay alguna diferencia física o mental que justifique que determinados individuos humanos puedan ser tratados como objetos y recursos? Si no fuera así, ¿por qué razón dicha diferencia justificaría tratar a los individuos no humanos como objetos y recursos?

A un nivel básico de consideración moral, separar entre humanos y otros animales es una discriminación arbitraria. Esta discriminación se presupone por tradición, porque "siempre se ha hecho así", y porque consideramos que los humanos son de nuestro grupo, pero los otros animales no son humanos así que no son de nuestro grupo. Tradición y tribalismo, en definitiva. Sin embargo, sabemos que esos criterios no se sostienen racionalmente. Tribu y tradición son los mismos criterios que se han usado para intentar justificar toda clase de opresiones y crímenes. Por un lado, decimos que ellos "no son de los nuestros", así que podemos hacerles daño. Por otro lado, decimos que "siempre se ha hecho así" y por eso está bien hacerles daño, sólo porque llevamos cometiendo ese daño desde hace mucho tiempo.

Si la especie no es un criterio relevante, ¿qué característica relevante debe tener un ser para que reconozcamos que merece consideración moral? La respuesta es simple: la capacidad de sentir. Llamamos sentir a la capacidad de tener experiencias subjetivas; esto es, sensaciones, emociones, deseos, sentimientos. Esta capacidad conlleva necesariamente la existencia de un yo que percibe de forma consciente dichas experiencias. A la sintiencia podemos denominarla también conciencia sensorial —o conciencia sensitiva. Así, podemos decir que todo ser dotado de sensación posee subjetividad y, al mismo tiempo, que posee conciencia de sí mismo y de sus propias experiencias. Por esto todo los seres sintientes son también seres conscientes.

Todos consideramos que es moralmente erróneo infligir daño y sufrimiento a los animales sin una razón que lo justificara. ¿Por qué? Porque son seres conscientes. Ellos tienen conciencia de lo que les sucede y lo que les sucede les importa. Los animales valoran su propia supervivencia y bienestar. Por esto, ellos poseen un valor inherente que es independiente del valor instrumental que nosotros les otorguemos. Hacer daño a una piedra o a una planta no puede ser moralmente objetable en sí mismo en tanto que ni las piedras ni las plantas poseen conciencia. Los seres que carecen de un sistema nervioso no pueden generar sensaciones, así que hacerles daño no incurre en una infracción moral, salvo que afectara a los intereses de seres que sí pueden sentir.

Si comprendemos que la posesión de sintiencia o percepción consciente es el único criterio necesario y suficiente para ser incluido en la comunidad moral entonces también podemos comprender que utilizar la noción de la especie para atribuir una discriminación o una diferente consideración moral sería un procedimiento arbitrario como lo sería utilizar la noción de raza o la de sexo. En todos estos casos existe un prejuicio o actitud sesgada favorable a los intereses de los miembros de un grupo en detrimento de los de otros. Este procedimiento basado en el criterio de la especie es lo que denominamos especismo. Así pues, no importa si nuestras víctimas son perros, vacas, cerdos, gallinas, peces o abejas. Sólo importa que todos ellos son seres dotados de sensación.

Bien, si todo este razonamiento es correcto entonces resulta que no sólo es moralmente erróneo el consumo de carne de perro, sino también el consumo de vacas, cerdos, gallinas, peces y cualquier otro animal sintiente. Esto quiere decir también que nuestra sociedad se dedica a celebrar un constante festival de Yulin. Utilizamos y matamos animales cada día para convertirlos en comida, sólo por placer y por tradición. No necesitamos utilizar a los otros animales para poder alimentarnos, así como tampoco para vestirnos ni entretenernos. No se trata en primer lugar de si les causamos más o menos sufrimiento. Se trata de que cualquier mínimo daño o sufrimiento que les causáramos por este motivo no se puede excusar apelando a la necesidad y choca con la idea de que no debemos hacer daño a los animales injustificadamente.

Nuesto sentido moral es una capacidad innata y se desarrolla mediante la experiencia y la educación. Este sentido moral nos permite reconocer que otros seres poseen conciencia y tienen intereses. Que esos seres tenga un aspecto, tamaño y forma diferente al nuestro no es lo relevante. Que esos seres no sean humanos no justifica tener una nula o diferente consideración hacia ellos. Por esto el veganismo es una cuestión de ética elemental. El veganismo es reconocer que los demás animales son sujetos y no deben ser tratados como objetos —ellos merecen consideración moral, es decir, que su individualidad y sus intereses básicos no deben ser vulnerados ni sacrificados por motivos utilitarios.

Nuestra oposición al festival de Yulin, siempre que sea razonada, nos conduce necesariamente al veganismo. La razón moral que justifica la condena de esta actividad conlleva que debemos rechazar todo uso de animales. El uso de animales significa hacer daño innecesario a los animales. El uso de animales implica tratar a sujetos como si fueran objetos. El uso de animales viola el principio de igualdad al supeditar la voluntad y los intereses de los otros animales en nuestro provecho. La utilización de animales para propósitos humanos no se puede ajustar a ningún principio moral.

Asimismo, pienso que este razonamiento habría que aplicarlo al activismo y debería llevarnos a comprender que la denuncia del festival de Yulin es una campaña injusta en tanto que discrimina al resto de animales que también son cosificados y explotados. No sólo los perros son utilizados de comida. Cualquier iniciativa que llevemos a cabo para ayudar a los animales debería partir de asumir el veganismo como principio moral e incorporar esta base moral a sus acciones.


13 de junio de 2017

La dieta vegana: qué es y qué no es




¿Qué es una dieta vegana? Una dieta vegana es aquella dieta que, como su propio nombre ya nos indica, sigue el principio del veganismo, es decir, el principio moral de que no debemos utilizar a los animales como medios para los fines humanos. Esto es la dieta vegana y no es ninguna otra cosa más.

Puede suceder que una persona adopte una dieta completamente vegetal por motivo de salud o de preferencia personal, pero esto no equivale a que esté llevando una dieta vegana. La dieta vegana es circunstancialmente vegetal en su contenido, pero no es este contenido lo que la hace vegana. 

La dieta vegana se refiere a la alimentación que llevan los veganos, es decir, aquellos que rechazan moralmente la explotación de los animales. Lo que la hace vegana en realidad es el hecho de seguir este principio moral, y no sólo el hecho de que sea completamente vegetal en su contenido. Si se diera el caso de que pudiéramos alimentarnos de alguna manera saludable excluyendo el uso de animales y al mismo tiempo sin necesidad de consumir vegetales entonces estaríamos llevando una dieta vegana.

Por tanto, si comemos sólo vegetales porque nos oponemos a la utilización de animales como una cuestión de principio moral entonces estamos llevando una dieta vegana. Pero si comemos sólo vegetales porque creemos que es mejor para nuestra salud, o por una simple cuestión de preferencia personal, entonces no estamos llevando una dieta vegana.

Siguiendo el mismo criterio podemos hablar de ropa vegana, cosmética vegana o de filosofía vegana. El veganismo es un principio ético que se aplica a todos los ámbitos de la vida. El veganismo se opone a que los animales sean tratados como medios para fines humanos y promueve que sean liberados de la esclavitud a la que los hemos sometido.

30 de mayo de 2017

Harambe y la cuestión del especismo



En esta fecha ya se ha cumplido un año de la muerte del gorila Harambe, a quien dispararon letalmente en un zoológico en el que lo tenían encerrado, con la excusa de que podría haber hecho daño a un niño que cayó por accidente al foso en el que habitaba el gorila. Su muerte provocó un gran clamor popular que consideraba que aquella acción fue desproporcionada e injustificada.

Harambe no hizo nada para provocar este conflicto. Él fue una víctima más. Somos nosotros quienes casi siempre provocamos los conflictos con otros animales. Harambe no atacó a nadie. No hizo nada aparte de ser víctima de la explotación animal. Nosotros provocamos esta situación. Nosotros provocamos los conflictos con otros animales, y luego les hacemos pagar por ello cuando surge algún problema.

Si atendemos a la cuestión de la seguridad del niño, podemos plantearnos qué decisión se habría tomado si el niño hubiera caído a un foso con presos humanos caracterizados como especialmente violentos y peligrosos. En última instancia, se podría decidir matar a los presos humanos que supusieran una amenaza para el niño si no se encontrara otra forma de rescatarlo. La especie es irrelevante a la hora de tomar esta decisión. De hecho, la especie no es más relevante que la raza o el sexo cuando se trata de la consideración moral.

Sin embargo, muchos quisieron plantear este dilema como una necesaria oposición entre la vida humana y la vida animal, y también como un remedo de excusa para intentar justificar que los humanos poseen legitimidad moral para someter y agredir a los demás animales con el fin de obtener un beneficio de ello. Esto es sin duda una versión extrema de esa forma de pensamiento que denonimamos antropocentrismo.

El pensamiento antropocentrista afirma que en cualquier supuesto caso de conflicto o dilema debemos elegir la vida humana y que esto conlleva que, por tanto, los humanos están legitimados en explotar a los demás animales. Ahora bien, sucede que ni aquella premisa está justificada —pues habría que razonar en primer lugar por qué se presupone que los humanos poseen un mayor valor moral más que otros animales—  ni dicha premisa nos conduce lógicamente a la conclusión referida.

En esta nota explicaré concisamente que la presunción de que la vida humana tiene un mayor valor moral no es consistente. Y también que incluso aceptando el presupuesto que la vida humana tuviera un mayor valor, de aquí no se puede deducir lógicamente que los humanos estén legitimados en utilizar a los demás animales.

El argumento de la superioridad humana

No hay una característica que sea compartida universalmente por todos los seres humanos. Esto es a lo que denominamos como el argumento de los casos marginales: ya fuera la capacidad de sentir o la capacidad de pensar o de razonar, o cualquier otra, siempre habrá algunos seres humanos que no la posean. Además, ninguna de estas características es exclusiva en los humanos. Por ejemplo, los otros animales poseen la capacidad de sentir. Ellos son seres que tienen experiencias subjetivas. También contamos con claras evidencias de que ellos piensan y razonan. Si bien, esto último no es requisito necesario para ser sujeto de consideración moral.

Cualquier intento de argumentar la superioridad moral de la vida humana no podrá salir de la paradoja que su criterio servirá siempre para excluir necesariamente a algunos humanos o para incluir a otros animales. El antropocentrismo, o cualquier otra posición especista, no se puede justificar con razones. Resulta tan imposible razonar que los individuos de una especie tengan más valor que la de otra como intentar razonar que los individuos de una raza tienen más valor que la de otra.

El problema de fondo es que nos encontramos en un contexto heredado en la que ya hemos sometido a los demás animales a nuestro dominio y sólo después de esto comenzamos a preguntarnos sobre la ética en nuestra relación con ellos. Pero esta reflexión está viciada en su raíz porque parte de la base de que los demás animales son seres moralmente inferiores y existen para servirnos a los humanos. Partiendo de esta base, de este prejuicio, los animales no humanos siempre acaban perdiendo frente a los intereses humanos. Cualquier interés mínimamente significativo que tengan los humanos prevalecerá siempre frente a los intereses básicos de los otros animales. La decisión ya estaba tomada de antemano y la controversia se torna superficial.

La reflexión más fundamental sobre este caso en particular no reside en preguntarnos por qué mataron a Harambe, sino por qué estaba Harambe viviendo encerrado en un zoo para servir de entretenimiento a los humanos. Esta cuestión debería conducirnos a comprender que los animales no humanos son considerados como propiedad humana. Es decir, todos los animales se encuentran actualmente en una situación equivalente a la esclavitud. Esto explicaría el verdadero motivo por el que mataron a Harambe y el por qué estaba encerrado en un zoo: todos los animales no humanos están sometidos a la condición de propiedad humana. Los animales son tratados según su valor económico o instrumental para los humanos y no se les reconoce ningún valor moral.

Harambe tenía un peso físico mayor que el de un humano, o el de una gallina, o el de una abeja, pero no poseía un mayor peso moral. Cualquier ser consciente tiene igual valor moral a otro ser consciente. Todos los seres dotados de sensación tienen un mismo interés en proteger su propia existencia y evitar el daño. ¿Qué argumento justificaría discriminar entre ellos? Si el valor moral radica en la existencia de la conciencia entonces no habría razón para discriminar y jerarquizar entre seres conscientes. Todos ellos son sujetos que poseen los mismos intereses básicos. Obviamente hay algunas diferencias físicas y mentales entre ellos, y algunos poseen intereses que otros no tienen —por ejemplo, los bebés y los animales carecen del interés en participar en política— pero no es una diferencia que sirva para justificar una diferente consideración moral cuando se trata de proteger sus intereses básicos; comenzando por su derecho fundamental a no ser propiedadel cual los protege de ser tratados como simples medios para nuestros fines.

No se puede justificar racionalmente alguna clase de jerarquía moral en la que unos individuos valen más que otros. Así pues, si reconocemos que los animales tienen un valor moral entonces esta noción nos exige que en cualquier caso evitemos vulnerar su personalidad y sus intereses por razones instrumentales. Dicho en otras palabras: si los animales importan moralmente, no podemos tratarlos como recursos. Esta posición no tiene nada de peculiar ni extravagante, y es una simple aplicación de principios éticos básicos, como son la igualdad y el valor inherente, a los otros animales, en tanto que no existe razón que justifique discriminar a los animales sintientes de la comunidad moral.

El argumento de la superioridad humana para legitimar la explotación

Ahora bien, supongamos que alguien no puede aceptar la idea del igual valor moral de todos los seres conscientes. Supongamos que no puede asumirla todavía porque está demasiada alejada de su mentalidad. Bien, hay otro enfoque más elemental que nos permite comprender por qué incluso aceptando que la vida humana tiene mayor valor moral resulta que la utilización de animales sigue siendo injustificable.

En principio, todos asumimos la idea de que está mal hacer daño innecesariamente a los animales. Este enfoque —que aquí denominamos enfoque humanitario— no niega que la vida humana pueda tener un mayor valor que la vida de los otros animales, pero sí niega que sea aceptable infligir alguna clase de daño a los animales sin una necesidad real para nuestra supervivencia que lo justifique.  

Si aceptamos la idea de que todos los seres sintientes merecen el mismo respeto básico entonces no podemos justificar moralmente su explotación —no debemos tratarlos como si sólo tuvieran un valor instrumental. Pero si alguien rechaza aceptar semejante idea, al menos podemos apelar a nuestra intuición moral que nos dice que no está bien infligir daño a los animales sin necesidad. No hay un sentido razonable del concepto de necesidad que justifique utilizar a los animales para comida, para vestimenta o para entretenimiento. No necesitamos utilizar a los animales para alimentarnos, vestirnos o divertirnos. Utilizar a los animales siempre implica alguna clase de daño sobre ellos, pero este daño no se puede justificar apelando a la necesidad.

Tengamos claro que si ni siquiera estamos dispuestos a aceptar el enfoque humanitario, y aplicarlo con coherencia en nuestra vida cotidiana, esto significa que nuestra idea sobre la relación con los demás animales consiste en que podemos hacerles cualquier cosa siempre que esto nos beneficie de alguna manera. Por tanto, a este nivel no habría diferencia moral entre nosotros y quienes torturan animales por placer. Ambos causamos daño a los animales sólo por nuestro capricho.

Millones de animales son utilizados y matados cada día en las granjas y los mataderos de todo el mundo, y en otros centros y actividades de explotación animal. Toda esta violencia cometida contra animales —que no se diferencian de Harambe en el hecho de que son seres seres conscientes— es innecesaria, es moralmente injustificable, y es algo que podríamos detener ahora mismo sólo con tomar la decisión de dejar de consumir productos de origen animal y haciéndonos veganos.

Tragedias como la de Harambe suceden masivamente todos los días. Millones de animales son coaccionados, confinados, agredidos y matados sin razón que lo justifique ni necesidad que lo excuse. Es una situación generalizada en lo que los animales son tratados como objetos y recursos para beneficio humano. Esto es a lo que denominamos explotación animal. Pero si nos tomáramos mínimanente en serio a los animales,—si nos importaran los intereses de los animales y no sólo nos limitáramos a decir que nos importan— entonces por coherencia deberíamos detener ahora mismo nuestra participación en el consumo de animales y también animar activamente a otros a actuar del mismo modo.
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